Posteado por: jmleizaola | 01/03/2013

Robocop

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Hace ya unos cuantos años que vi al primer Robocop a pie de calle. Luego, he vuelto a coincidir con elementos así en numerosas ocasiones. Se prodigan especialmente en grandes hoteles, ferias, congresos y, sobre todo, en aeropuertos. Con un “bicho” así me topé recientemente en la cola de un mostrador de facturación aeroportuario. Enfundado en un traje gris, bastante arrugado y gastado por cierto, y con un maletín negro muy viejo colgándole de la mano izquierda, portaba flamante un auricular bluetooth que emitía destellos de colores.

Aquel alien posado sobre el pabellón auditivo del sujeto estaba cubierto por varios leds que no dejaban de centellear, y me recordaban a una escena de “Encuentros en la tercera fase”. Apenas llevaba un minuto acoplado a la cola observando tan excéntrico artefacto cuando súbitamente los colorines azulones que desprendía el auricular cambiaron a un rojo chillón. Aquello no presagiaba nada bueno, así que en un gesto instintivo traté de distanciarme de aquella titilante alerta. Pero como sucede frecuentemente en todo tipo de colas, la pasajera que estaba tras de mí no había guardado la distancia de seguridad reglamentaria, por lo que no pude dar ni medio paso hacia atrás sin antes colisionar con la señora.

La amable mujer desplegó una magnífica sonrisa y se excusó por haberse pegado tanto a mí. “Las prisas por subir, ya sabe”, dijo a modo de justificación, cuando realmente era yo quien debía pedir disculpas por aquella infantil maniobra. Una vez hechas las paces con mi retaguardia, volví a centrar la atención en la vanguardia. Difícil era de hecho no mirar hacia adelante siquiera para ver qué pasaba, pues el auricular a un hombre pegado seguía lanzando destellos rojos, y el tipo que lo portaba gesticulaba y hacía múltiples aspavientos. Uno de aquellos manotazos casi me alcanza. Lo que no pude evitar que me diera de lleno fue su incontinencia verbal, cuya conversación con un compañero de oficina asaltó mis tímpanos sin poder evitarlo.

En un “spanglish” impecable, ahora tan de moda gracias a la anglosajonización galopante, acerté a entender que el filtro de la máquina de  “coffee” que en la “office” tenía el “brother” era una “reference” chunga de encontrar en el Hipercor, pero el interlocutor de mi compañero de cola no debía preocuparse, porque Robocop iba a “callear” a una tal Lola, que tenía remedio para todo, como la bruja de la tele. Así que me temí lo peor. Traté de parapetarme tras mi gabán, desviando la atención hacia el lado derecho de la cola, pero por allí el panorama no era tampoco muy halagüeño. Unos padres con sus dos hijos hacían cola para el mostrador contiguo al que yo esperaba. Eso sí, el silencio sepulcral que guardaban sobrecogía el alma: el padre estaba enfrascado en la pantalla de un ipad enorme. La madre apretaba con las dos manos la pantalla de un smartphone y se reía sola. Los niños, a su vez, sostenían sendas videoconsolas de las que tampoco levantaban cabeza.

Así que giré  la vista hacia el lado contrario, pero Robocop ya estaba en plena faena de nuevo y era imposible sustraerse a su vocerío. De hecho el sujeto no paraba quieto, miraba hacia atrás, a los lados, se giraba sobre sí mismo cual peonza humana y miraba por encima de todos los que estábamos en la cola, como si buscara algo o a alguien. En un momento dado, las luces rojas del auricular bluetooth destellearon con más intensidad que nunca, como anunciando la buena nueva: Lola le iba a conseguir los filtros de café a buen precio en un “shop” que sólo ella conocía.

No fue la única llamada que tuvimos que soportar quienes circundábamos al personaje, y sus conversaciones nos hacían entrever que, a pesar de su aspecto desaliñado, aquel individuo era un personaje “vip”. Ese término de hecho surgió reiteradamente en una de sus charlas en spanglish para referirse a sí mismo y a sus amistades más próximas. También habló con naturalidad de Maseratis, de paseos en helicóptero por Manhattan,… Vamos, que estábamos ante todo un potentado que tenía que sufrir el viaje en clase única porque muchas aerolíneas se han cepillado el bussiness para viajes de corto alcance.

Las lucecitas rojas centelleaban una y otra vez, y el figura se henchía como un banquero cuando anuncia el triple de beneficios ante sus accionistas.

Con la tarjeta de embarque ya en la mano, el buen hombre se resistía a abandonar el mostrador, así que como pude me ubiqué en una esquina y conseguí mi tarjeta. Salí huyendo despavorido , y no volví a verle hasta pasar el control de seguridad. No había facturado su gastado maletín, y lo tenían retenido porque portaba productos cosméticos en su interior. Según alcance a comprender era comercial de una franquicia de cosméticos y viajaba para tratar de captar nuevos franquiciados. Un corpulento guardia civil se hallaba frente a él y le explicaba secamente que con eso no podía subir a bordo y que si quería llevarlo, debía facturarlo. El viajante le contestó que la empresa no le pagaba la facturación de equipaje y que si lo facturaba tenía que pagárselo de su bolsillo y que no iba precisamente sobrado…

Ojeaba la revista de la aerolínea que se jactaba de su excelente flota y de su mejor cuenta de resultados cuando irrumpió en la cabina el pinganillo con su portador, pero lucía mucho peor aspecto que en cola de facturación. Se sentó delante de mí, y pude apreciar que las lucecitas estaban apagadas, y que el chisme, aunque seguía alojado en la oreja de su huésped, ahora yacía flácido e inerte. Ni siquiera cobró vida cuando, ya en destino y sin las restricciones propias del vuelo, máquina y hombre aguardaban ante la cinta la salida de las maletas. El tipo no dijo ni esta boca es mía, y en cuanto apareció el estropeado maletín, se avalanzó sobre él y salió huyendo de la terminal. No le volví a ver. Sí coincidí con la familia que había visto antes en la cola: ahora esperaban el tren sentados en un banco, con las maletas ante sí, pero sumidos nuevamente en las pantallas electrónicas que tenían delante.

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