Posteado por: jmleizaola | 02/11/2010

¡Socorro! ¡Me embargan!

En otra entrada reciente de este blog hablaba de lo frágil que es la memoria humana y lo pronto que se borran determinados recuerdos y estampas de nuestra historia más reciente. Parece que hoy nadie se acuerda del hambre, del frío y de las numerosas miserias que vivieron nuestros mayores en la posguerra. Lo digo porque los que hoy son sus hijos, e inclusonietos, se han embarcado hasta hace muy poquito en una espiral de gastos y deudas de la que ahora no saben cómo salir.

Una persona que es voluntaria en una parroquia nos comentaba el caso de una familia que acudió a ellos en busca de ayuda. Residían en un adosado en una zona bien, con piscina, pista de tenis,… Los dos cabezas de familia trabajaban, poseían tres coches, un par de motos y hasta una casa en el pueblo del que era originario uno de ellos. Estaban planeando comprarse una tercera casita… sin haber pagado aún el adosado, con la casa del pueblo hipotecada con motivo de sus últimas vacaciones a todo lujo en Cancún, y con las letras de los tres coches pendientes también de liquidación. Como el marido trabajaba en la intermediación inmobiliaria, habían trazado sus planes a futuro basándose en previsiones extremadamente optimistas… que se han desinflado en cuanto el mercado inmobiliario ha bajado de las nubes.

Como no sólo no estaban logrando los ingresos previstos, sino que los habituales estaban cayendo en picado, empezaron a tirar de tarjetas de crédito, de cofidises “dinero directo” y a buscar desesperadamente préstamos personales que los bancos, ahora sí, les empezaban a negar. Vamos, que parecían ser el paradigma de supuesto nuevo rico con los pies de barro porque disponían de una generosa nómina de bienes… pero ninguno les pertenecía realmente.

Fueron vendiendo motos, coches, muebles, alguna que otra joya,… hasta que fueron a dar con sus huesos en un servicio social, reclamando dinero para hacer frente a sus numerosas deudas.

No deja de sorprender la alegría con la que bancos y cajas otorgaban hasta hace poco préstamos a familias como esta, sin pensar ni prever que un día pudiera ocurrir lo que ciertamente ha sucedido. Y también llama mucho, muchísimo, la atención el hecho de que personas que procedían de economías más bien modestas se dejaran llevar por una especie de arrebato de consumo y gasto desmedido, sin ser capaces de ajustar su tren de vida a su capacidad económica real.

Hoy, esa familia-tipo ha perdido su adosado, su casa en el pueblo, tiene deudas contraídas con varias financieras que tardarán años en liquidar y ha tenido que buscar refugio en un modesto piso obrero en el que residen los padres de uno de los cónyuges.

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